Considerando los pros y los contras de vivir con una persona mucho mayor que yo, recordé a dos grandes amigas cuyas generaciones se acercan más a la de mi madre que a la mía... este factor, sin lugar a dudas, fue el principal abono de nuestra amistad. Al principio pensaba en pasado, pero sería injusto decir que por tener el Atlántico entre nosotras ya no son mis amigas, muy injusto.
A una de mis amigas, llamémosla Dara, la conocí trabajando mientras hacía la carrera. Por un tiempo fue mi jefa directa (la verdad es que esa fue la parte más fácil porque tenía las cosas muy claras). Dara es profesora con muchos años de experiencia, tiene la mezcla exacta de dulzura y disciplina requerida para tratar con los enanos (mezcla que yo nunca conseguí). Además Dara tiene dos niños encantadores y muy educados de los que me enamoré automáticamente. Resulta que Dara se parecía en muchas cosas a mi madre, sí, y creo que así fue como empezamos a encariñarnos. Siendo al igual que mi madre divorciada, pero con menos tiempo de experiencia en el asunto, Dara había vivido su cuento de hadas, casandose con su principe azul que la final le salió algo tornasol... en fín, que durante unos años Dara tapó el sol con un dedo "fue feliz" (comportamiento totalmente normal en las mujeres dominicanas).
Algo que olvidaba contar es que Dara es bastante conservadora, podría decirse incluso que de esas madres que inconscientemente inculcan machismo en sus hijos. Y bueno, estos contrastes fueron precisamente los que nos hicieron querernos y respetarnos. Mientras Dara me enseñaba a entender a mi madre y al macho dominicano (cabe añadir la frase popular de las madres machistas dominicanas para entender a nuestros hombres: "amarren sus gallinas que mi gallo anda suelto"), yo le enseñaba las consecuencias - buenas y malas - de mi crecimiento en un entorno de divorcio y con una madre sobreprotectora. Aprendimos mucho la una de la otra, y me gustaría poder decir que aunque fuese un poquito Dara abrió su mente a través de conocerme a mí, pero no fue así... o realmente no lo recuerdo. Sí puedo decir con total seguridad que ver esos ojazos azules todas las mañanas me llenaba de ternura, ¿cómo no salir corriendo a abrazarla?
A mi otra amiga, llamémosla Gina, la conocí estudiando en Madrid. Vaya personita más fashion y alegre, si hay alguien que transmite con una sonrisa esa es Gina, segura de sí misma, simpática, culta, y con una alegría de vivir que o te contagia o te enteras de que no tiene sentido vivir de otra manera. Me atrevería a decir que Gina es todo lo contrario que Dara (aún así, las dos son parte fundamental de lo que soy hoy).
Gina entró a clases ya empezado el curso, pero su inteligencia parecen haber entrado un paso por delante, era obvio que llevaba ventaja con sus años de experiencia, y más obvio aún que de ella aprenderíamos más que de muchos profesores. La verdad no recuerdo cómo nos hicimos amigas, pero podría contar mil cosas por las que me impresionó.
El primer detalle que llamó mi atención fue enterarme de que Gina había tomado la decisión radical de no tener hijos, cosa extremadamente extraña y censurable en cualquier país de Latinoamérica, digamos que 10 años atrás, cuando habría ocurrido esto, todavía peor. Es más, he experimentado manifestarle una decisión así a mi familia y con una extrañeza e impresión indescriptibles se quedan fríos y luego reaccionan con charlas de todo tipo.
En principio me pareció una decisión triste, pero con el tiempo, una vez digeridas las grandes lecciones de Gina, he aprendido que ser mujer no es reproducirse, y que tener claras tus prioridades implica ciertos sacrificios. Ni siquiera me refiero al hecho de no llamar a la cigüeña, que no creo que sea tan grave, más bien a vivir tu vida siguiendo los trayectos que decides marcarte, consciente de que en muchas muchas ocasiones irás contracorriente. Gina es empresaria, y recuerdo como si la estuviera escuchando, sus historias de presentarse a juntas de ejecutivos siendo la única mujer. Su consejo: llevar falda.
Como de costumbre, se me complica terminar este post, y la verdad es que tampoco me apetece hacerlo... me quedo con la sensación de extrañarlas, algo de nostalgia, apego, sentimientos que detesto. Es posible que la amistad en muchos casos responda a momentos, lo que no creo es que las que te dejan tanto, las que te enseñan tanto incluso al pasar de los años, simplemente se queden atrás. Es cierto, no hablamos todos los días, no nos escribimos todos los meses y ya no nos vemos... y aún así (del otro lado) seguimos estando.