La primera vez que vi nevar fue en enero del 91. Estaba de vacaciones en el Bronx por las fiestas y justo era la tarde de mi penúltimo día allí, ya había perdido las esperanzas de ver la nieve.
Lo mejor de todo fue tener un parquesito justo en frente de casa, lleno de cubos y áreas de juego. Ese día estuvimos hasta muy tarde allí, y puedo exagerar un poco y decir que llenamos el parque de mariposas.
Recuerdo que los guantes color turquesa, a juego con mi primer abrigo de invierno, no me quedaron, por lo que mi padre me buscó unos calcetines gruesos. Desde entonces odio los guantes y todo lo que cubra mis manos por completo, y solo los he utilizado en situaciones extremas. Prefiero sentir frío e incluso inmovilidad.
Estuve mucho rato parada como
Hombre mirando al sudeste con la boca abierta tragando nieve, que caía en diagonal, a pesar de que sabía igual que el hielito que se hace en el refri (que también nos comiamos de pequeños).
Esa tarde-noche y la primera vez que vi nieve en Madrid y que hice un muñeco de nieve (hace ya 3 años) son mis mejores recuerdos de nieve. Las siguientes navidades en NY ya no fue igual, la nieve al segundo día ya no era igual. Aún así no puedo evitar las ganas de estar fuera todo el rato mientras cae la primera nevada de la ciudad, esa que se mantiene blanquita y que no estorba tanto. No puedo evitar sonreir y buscar a otras personas que lo disfruten. Eso, definitivamente, se ve más en NY que aquí, incluso cuando la ciudad se vuelve un caos con tanto hielo.
Como en Hawaii los niños pueden ir a surfear antes de clases, en donde hay nieve deberían poder quedarse jugando un rato... bueno, y los adultos también.