Saturday, June 21, 2008

Muchas veces generamos un ambiente de mal humor y enfado a nuestro alrededor dejando que esta humareda se esparza y se convierta en algo "normal". Se aceptan los gritos o el silencio, nunca los términos medios... la comunicación no es una opción, puesto que ya no recordamos cómo va eso de escuchar, reflexionar y expresarnos de la mejor forma posible, para no lastimar y sobretodo, para no tener después que asumir las consecuencias que traen consigo las heridas abiertas. Perdemos las formas y la cortesía con los más cercanos, pero peor aún, perdemos el respeto.

Así van pasando los días hasta convertirse en años, y la palabra conciliación ya no aparece en nuestros diccionarios. La idea de buscar una solución es absurda, requiere de un esfuerzo demasiado grande para todos, lo mejor es dejar las cosas como están...

Algunos encontramos consuelo en la huida, vaya tontos que pensamos que la distancia puede ayudar a limar asperezas y curar heridas cuando realmente lo único que se consigue es una bandita. También se aprende, se aprende a ver las cosas desde otra perspectiva, pero duele tanto o más saber que esa otra perspectiva no es transferible, que lo normal seguirá siendo lo normal y que el cambio nunca llegará.

Entonces ¿qué sigue?... ¿aceptar la violencia como forma de comunicación? ¿vivir dominados por el resentimiento y el enfado? ¿distanciarnos del todo? ¿olvidar lo que somos y hemos sido el uno para el otro?... siempre pensé que en las familias esta no era una alternativa, pero me equivoqué...

1 comment:

Santiago Gala said...

Been there, done that, got the scars... :(

La semana pasada lo volví a sufrir: que personas que te quieren, por lo mismo, te respeten menos que a cualquier desconocido. Las alternativas son complicadas, porque aceptar la falta de respeto como forma de relación es destruirnos nosotros mismos, y no aceptarla, por muy suaves que intentemos ser, suele implicar falta de aceptación y ruptura por la otra parte, adicta a esa forma de maltrato.

Paul Auster ponía claro el dilema, cerca del final de su bellísima y durísima Tombuctu.